sábado, 20 de marzo de 2010

ONTOENERGÉTICA DEL CAPITALISMO

Extractos del texto que me envió mi querido amigo Ernesto... para reflexionar...

(...) La complejidad y la sofistificación tecnológica hace que las personas no puedan ser dueñas de su devenir personal, no pueden igualar ni cuestionar los capitales necesarios para crear industrias productivas sin la servidumbre a los almacenes de préstamos para todo, incluso de salud y seguridad. Ni tan sólo la vivienda y los bienes necesarios como alimentación, vestimenta y suministro de agua y energía están exentos de actividad económica. Todo ello obedece a la ley de que allí donde hay un alto campo de energía vital, este campo fagocita y absorbe la energía vital de campos más flojos o débiles circundantes. Con lo cual sólo la energía vital convertida en fuerza económica (dinero, capitales) se irradia posibilitando que los otros organismos abran sus identidades y dejen fluir su vitalidad en la dirección de donde procede el estímulo y efecto (“El dinero atrae el dinero” dice el refrán; esta es la versión popular de esta ley aplicada a lo económico). (...)

(...) Hoy en día la presencia de un capital personal depende del esfuerzo en tal sentido de generaciones previas unida a la presente y con la expectativa de que implique a las venideras. O desear a los alicientes de refuerzo variable que genera los juegos de loterías y rifas en
sus grandes y diversas formas que contribuyen a crear adhesión de los necesitados y exhaustos personajes que se esfuerzan en contener el inexorable flujo de su vida que se escapa hacia el gran depósito de capital. Y en este sentido no hay tregua ni piedad. Cada litro de agua, cada kilovatio de energía, cada centímetro cuadrado de suelo y cada instante de vida productiva, y por tanto de vida saludable, está sujeta a este flujo conductor hacia este gran depósito fagocitante. Y este parásito extiende su citoplasma en cualquier dirección donde puede localizar recursos para fagocitar. De modo que una alta proporción de la vida del individuo y de la familia se canaliza hacia este ente energético inteligente y vampírico.

En tales condiciones, ante una realidad semejante, permanente y desde tantos ámbitos a la vez, la gente se encuentra agobiada, desfallecid
a y hasta desesperada y desolada. Se genera la sensación de que hay una incesante y eterna lucha para mantener la integridad personal evitando la pérdida sustancial de energía que conduce al colapso vital, y, por ello, cada persona fagocita, cuando puede, a sus semejantes de modo casi inconsciente, posibilitando que pierdan energía y se debiliten o enfermen; absorbiendo de este modo algo más de energía para resistir. Y esto mismo genera una situación individualista comparable a la conocida expresión “¡Sálvese quien pueda!”. En tal situación la gente joven, con un potencial energético y vital son quienes están mejor dotados para tal lucha y quienes mayor cantidad de energía pueden suministrar al parásito; y quienes, en función de su vigoroso campo energético, están también en mejores condiciones de luchar unos contra otros para arrebatarse energía o a sus generaciones ya debilitadas por la edad e incluso a las novísimas generaciones que nacen y necesitan de sus fuerzas vitales para crecer y desarrollarse. Y si esta lucha se produce entre generaciones, también se produce en la cuestión de género.

Este parásito es una tenia con una capacidad de crecimiento constante con tal que le llegue suministro de vitalidad, de comida. Todos sabemos cómo se ha ido gestando y perfeccionando en la historia de la humanidad desde la adopción de la idea de poder personal asociado a la apropiación y acumulación de bienes materiales y la compra de servidumbre y mercenarios para llenar las necesidades parásitas de mantenimiento y seguridad. Esto se produjo con la aparición de esa estructura de poder que se ha llamado Orden patriarcal. (...)

(...) Hoy en día no hay enemigo contra quien levantarse, ni a quien destronar. Los gestores que trabajan para el Parásito tejen sus telarañas ilusorias creando el hacia dónde dirigir este malestar común y, en función del guión, se crean situaciones y personajes que les toca asumir los roles oscuros del drama. Los administradores y gestores al servicio del Parásito generan escenarios e incentivan la aparición de los personajes propicios para la función. Todo es un inmenso escenario o decorado donde deben interpretarse roles y acontecimientos que cubren con un manto nebuloso la existencia del vampírico Parásito. Y hacia estos dramas y sus personajes se desplaza la inquietud y se descarga la angustia y hostilidad. (...)

Hay dramas enquistados durante décadas y otros que se suceden con celeridad, unos de amplio aspecto y otros de alcance local o regional. Todo ello cortinas de humo. También hay funciones de evasión con melodramas, comedias e idilios; genuinos pasatiempos que distraen y hacen olvidar, aún por breves momentos, los dramas y el ulterior asunto. Y, por supuesto, la función o papel que se asigna cada individuo en su propia creación dramática en la que interpreta e interactúa con los demás.
Es muy difícil, así, tener claridad y perspectiva para idear y poner en acción decisiones eficaces. Estamos demasiado imbuidos de los contenidos y significados de los conceptos transmitidos por la historia en forma de cultura y sociedad con sus acuerdos, leyes y costumbres. Somos, pues, domesticados para ser gregarios, pero insatisfechos y desconfiados unos respecto de los otros, desplazando la inquietud, infelicidad y temor propio a la necesaria interacción con los demás. Un sistema orgánico autoconsciente como el humano ha surgido del apoyo mutuo, de otro modo no hubiera podido sobrevivir, creando estrechas relaciones de compromiso compartido por asegurar la supervivencia y satisfacción de necesidades y motivaciones. El intento del Parásito es romper esta íntima interacción confundiendo y haciendo susceptible al individuo, convirtiéndolo en paranoide y temeroso de sus semejantes en el ámbito de las relaciones desde las muy cercanas a las lejanas y globales. Jamás las personas han estado tan estrechamente conectadas, pero tan sometidas y alienadas como hoy en día. Las relaciones de poder establecieron el neuroticismo y hoy en día la individualización y la desconfianza irracional, lo convierten en un demente consigo mismo, con sus relaciones y con el planeta. Ilusiones, delirios, alucinaciones, paranoia, miedo y hostilidad se entremezclan con la aspiración de fraternidad y amor. Ejemplos históricos los ha habido, pero incluso se han convertido en dramas apropiados por colectivos para crear falsa identidad frente a las de otros. Las ideologías y religiones cumplen esta función. Los héroes míticos indican que la búsqueda es de índole personal, ofreciéndose como modelos, y los convertimos en salvadores rindiéndoles culto y creando iglesias con sus dogmas constitucionales.
¿Qué se puede hacer ante todo esto?
¿Nos damos cuenta que la afiliación a las partes de estos dramas no nos conduce a solución alguna?

¿De la guerra fría obtuvimos la respuesta?
¿De las guerras mundiales se ha obtenido alguna respuesta?

¿De la generación de iluminados doctrinarios estamos obteniendo respuestas que no sean el odio y temor de unos a otros?
¿De las crisis económicas obtenemos respuesta?
¿Del sufrimiento de niños, mujeres, ancianos y grupos marginados obtenernos respuestas?
¿De nuestra infelicidad, quebranto de vigor y enfermedades obtenemos respuestas?
¿Del progreso tecnológico y su utilización compulsiva en consumismo obtenemos respuesta? No. Tan sólo plantean preguntas. Cuestiones en medio de otras cuestiones en un estratificado laberinto tridimensional. Tibias respuestas particulares a tal o cual asunto acuciante de acuerdo con nuestra singularidad y situación personal. Y así se parchea creyendo que se mejora el mundo. La confusión ha hecho que se pierda toda perspectiva y lo importante. No hay nada más patético que ver masas tratando de crearse un rinconcito personal seguro sin contar con los demás y, además, compitiendo con los demás. ¿Qué especie gregaria puede sobrevivir así en este planeta? Y sin embargo esto manifiesta nuestra condición actual humana. Luchas sociales, nacionales, culturales, generacionales, ideológicas, religiosas, de género, raciales, familiares y personales. ¡Un despropósito! ¡Una locura! ¡La plena irracionalidad! Ser uno mismo, aspirar a ello, es decir, comprometiéndose con la autorrealización, es algo que sorprende a multitud. No se considera esto. “No se me ha ocurrido pensar en ello” es una respuesta tristemente frecuente. Por ello lo evasivo es tan extenso y hay tantos y tantos ritos, hábitos y rutinas en tal sentido. (...)

(...) Así, pues, se ha visto que en las condiciones en que vivimos nutrimos de continuo la insaciable voracidad del parásito en innumerables ámbitos. ¡Es hora de parar! El parásito necesita alimentarse de nuestra energía vital y de nuestras emociones. Así pues el manejo propio y apropiado de nuestra situación energética lo puede vencer. Si no se le suministra alimento muere, se reduce hasta morir por inanición; pero para ello debemos autorrealizarnos y compartir el significado de la autorrealización. Ser esencialmente uno mismo no es separarse unos de otros, sino asociarse en un propósito autoregulativo y autorrealizador de todo nuestro mundo cultural y social. La ontoenergética ya dice rotundamente que la energía vital, nuestra vida expresada a través de nuestro existir orgánico se manifiesta en tres direcciones simultáneamente: hacia la afectividad, hacia la acción y hacia el conocimiento. Realizar en cada individuo su afectividad, su actividad y obtener su conocimiento es autorrealización y ello implica y exige la participación de todos los demás individuos del colectivo humano. Debemos canalizar nuestros afectos a nuestros semejantes, debemos efectuar acciones contando con nuestros semejantes, sólo nos es útil el conocimiento si lo podemos compartir con nuestros semejantes. Y el compartir estas tres manifestaciones de nuestra energía vital nos da sentido a la existencia y armoniza y teje nuestra implicación social y cultural (...)

(..) No hace falta dinamitar al parásito, pues todo consiste en darse cuenta que vive de nuestra negación a ser. Lo coerción, la autoridad, la confusión, la negación de uno mismo es lo que posibilita que hunda sus tentáculos en sus víctimas y, a través de ellos, drene la vida hacia sí. Hacer actos a propósito desafiando los convencionalismos, las costumbres, cuestionando los valores autoritarios que por tradición impregnan los conceptos, los gestos, los hábitos y rutinas, lo debilitan. Y dejar inoperativa esta carga inercial es el trabajo de autorrealizarse, de acercarse a la propia naturaleza con la mirada nítida del asombro del que descubre conocimiento. Si nos libramos de los discursos de dominación en lo social, cultural, espiritual, social y género nos vemos tal como somos y no tal como creemos que deben vernos. La acción del amor genera salud como armonía, el conocimiento del amor genera educación y la acción (o trabajo) y cultura adquieren un significado nuevo y transformador imposible de cosificar porque manifiestan una doble dialéctica personal y social. El afán de tener y poseer sea lo que fuere (posesiones materiales, intelectuales, fama,…) queda sustituido por el Ser y desde el mismo se comparte y no se vende. Lo que “se es” no está sujeto a compraventa. Se es o no se es. Entonces lo que adquiere valor es lo motivacional y meta motivacional y no el comercio. El servicio como objetivo y meta y no el lucro. Lucrar es un contravalor que niega el ser. Servir es el valor que expande nuestro ánimo hacia los demás. El dinero ya no es el objetivo, sino el medio de intercambiar bienes y servicios, y el mundo y la sociedad se convierte en un lugar de abundancia y no de escasez. Esto es posible; tan sólo es necesario el compromiso de tratar de autorrealizarse por parte de un mayor número de gente.

Barcelona a 02-02-2010


Ernesto Cabeza Salamó.

Los dibujos son de Miguel Brieva, de su revista DINERO

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Impresión