jueves, 30 de octubre de 2008

Tristeza, compasión, amor...sostenernos unos a otros... memoria celular...


Hoy siento tristeza. Me pregunto ¿A dónde nos lleva el derrotero de este mundo?

Me dejo llevar por sensaciones...

La historia de la humanidad está hecha de dramas y sinsabores. Desde donde me llega el conocimiento sólo puedo decir que como humanos hemos sobrevivido a nuestro propio horror.

Celtas contra Iberos, Romanos contra Celtas e Iberos; Romanos contra Cartagineses. Las invasiones bárbaras, luchas entre reinos, la Reconquista, guerras entre reinos vecinos; la unificación de España, la conquista de América. Intrigas políticas, guerras con Francia, con Inglaterra; represiones, dictaduras, revueltas,...

Y esto en el pedazo de tierra que llamamos conjunto de España y áreas de influencia. No me voy más lejos, sólo lo cercanito.

Me pregunto si mis ancestros, desde donde fuera su procedencia ¿cuántos horrores de estos han conocido, sufrido y sobrevivido? ¿Cuántas heridas y tragedias habrán soportado en sus espaldas? Y me imagino cómo esta información de ansiedades, angustias, miedos, terrores, homicidios y demás se han gravado en las células de nuestros cuerpos así como en la psicosfera. ¡Cuántas improntas de desesperación, de agonía, de rencores, de pérdidas evitables hay en la génesis de las células que constituyen mi organismo!

En mi tristeza veo que hemos aprendido muy poco, que seguimos repitiendo parejos errores. Y me grito ¡Es injusto! ¡Esto es una maldición o un hechizo!

Sí. Es cierto. Una maldición y hechizo. ¿Hemos aprendido a vivir en el sufrimiento y estamos programados para reproducirlo sin poder evitarlo? Algo en mí asiente y también se revela.

Recuerdo cuando de niño escuchaba a mi abuelo lo que me decía. Vivió una guerra, los que se fueron a Francia se metieron en otra. Entonces creía firmemente que cada generación pasaba por una guerra, que como mucho había alguna que podía saltársela y tenía miedo de que me tocara formar parte una de ellas y tener que empuñar armas para matar a otros. Me sobrecogía de horror con sólo imaginarlo. Pero para mi contradicción una buena parte de mis juegos con los vecinos y amiguitos de entonces era jugar a la guerra. Contra los indios, o contra los alemanes, ya que sobre ello iba las películas que corrían por aquel entonces. El entretenimiento y diversión se mezclaban con el horror que trataba de exorcizar.

No quería crecer y hacerme hombre por no acercarme al momento en que podría estar en condiciones de matar en un conflicto de guerra. Me daba cuenta que una cosa era jugar a pistoleros o al 7º de caballería y otra cosa era tener un fusil con la bayoneta apunto.

El pensamiento en la muerte era muy frecuente y no sólo por el matar o ser muerto, sino por la propia finitud de la vida y la amenaza de terribles enfermedades; pero de ello ahora no voy a hablar.

Pienso que esa sensación de que la guerra o las guerras como una parte tan unida a nuestra cultura, no era sólo una cuestión que me ocurría a mí, sino a muchos o a todos/as. Creo que es un miedo que tenemos asentado en nuestras células sean nerviosas o no. Que tras tantos siglos e incluso milenios de convivir con ella ya forma parte de nuestro recuerdo biológico, de alguna manera asentada en algún rincón de los genes. Y me digo que esto es la maldición y el hechizo.

Aquí y ahora no hay guerra, pero hay violencia. Allá y acá, no tan lejos, ha habido y la hay, siendo encarnizada y diabólica. Una parte de mí dice: “Esta vez te has librado de ella físicamente, pero esa gente que la ha vivido y vive es exactamente como tú". Mientras un solo ser humano la viva, todos la revivimos, aunque nos ocultemos en la indiferencia y la insensibilización.

Sí. Estoy triste, como tantas veces cuando considero este y otros temas. Y no voy a ponerme música, ni leer, ni conectar la tele o el ordenador. Estoy con ella.

Luego pienso en los conflictos no bélicos. Pienso en el dolor de esta crisis que estamos viviendo. En el sinsabor de ver que todo se retarda y va parándose, en que, en la consulta, el trabajo se centra muchas veces en la angustia de llegar a fin de mes y mantener el ritmo de trabajo. Veo que esta crisis nos golpea en cadena como las fichas de dominó en hilera que, cayendo una va tirando a todas las demás.

En mí no hay angustia, no hay desesperanza, pero sí pena y tristeza. Me pregunto ¿Aprenderemos esta vez? ¡Estamos en un año Cauac, una gran posibilidad! Automáticamente me contesto ¡Una vez más no! “Esto pasará y se volverá a lo normal” es la opinión de la mayoría. No, no se aprende. Se resiste, se aguanta, se soporta esperando la normalización; el que unos poderes públicos y económicos den con una solución y esto se acabe. Ahora me sonrío. ¡Qué niños somos!

Se dice que en el ámbito mundial y también en el nacional esta crisis ha sobrevenido a causa de la ambición y codicia de unos cuantos y ahora todos lo pagamos. Eso me produce risa. ¡Todos somos corresponsables! Solo unos en situación oportuna de privilegio tienen la alternativa de realizar sus ambiciones con un sentimiento de derecho e impunidad. Unos a gran escala, otros a escala local y otros en el mínimo ámbito en que pueden.

¿Quién no se siente tentado o impulsado a aprovecharse de alguien si la situación lo hace favorable? ¿Quién no antepone el criterio de tener más en vez de sentirse en paz? ¿Acaso esto no se manifiesta en celos, envidias, malos tratos en tantos y tantos ámbitos?

Es cierto, lo que juzgamos a esos desencadenadores de estas crisis está en cada uno de nosotros. ¿Cómo no va a ocurrir que estas situaciones se reproduzcan? Por eso no suele oírse como comentario. Se buscan responsables, culpables, a uno a quien arrojar las iras...

Ahora me enojo con la humanidad.

Escuchadme, si en el fondo es tan fácil. Tan natural, tan humano...

Luchamos unos contra otros dándonos codazos y empujones porque queremos destacar, queremos ser algo y así se nos reconozca. La importancia personal, el ego.

Nos separamos unos de otros comparándonos y considerando a unos rivales por esto y a otros por aquello... Entonces somos un yo, otro yo, y otro... infinidad de yoes dándose codazos unos a otros y maldiciendo sus suertes. ¡Cómo vamos a construir algo nuevo! Tenemos que verlo, tenemos que vernos sin excusas, sin justificaciones, asumiendo nuestra responsabilidad. ¡Yo siembro discordia! ¡Yo soy responsable de conflicto, de guerra! Y da lo mismo que sea en el terreno doméstico, laboral, social o internacional. Creer y pensar en el propio conflicto resuena en todas las escalas. Es una pequeña nota vibratoria, pero se armoniza y resuena en todas las escalas. Un “te odio” a mi perro repercute en todo el planeta. De esto deberíamos darnos cuenta. La discordia, el resentimiento, la hostilidad,... en cualquier ámbito se armoniza y repercute en todos los ámbitos. Es lo mismo.

Y justamente aquí es donde veo la solución: “Te reconozco, te valoro, te aprecio...”es todo lo contrario; esto nos reúne, nos asocia, favorece el que colaboremos, el que dialoguemos y fluyamos mejor en lo interpersonal. No hay que hacerlo como un deber, puesto que así genera oposición y resistencia. Donde algo se impone, o nos imponemos, queda iluminado, entonces se produce una resistencia y una sombra. Así no. Debe salir del corazón, se trata de un sentimiento de correspondencia mutua, con los conocidos y desconocidos. En ver en cualquiera a un “yo” como yo mismo, con inseguridades e incertidumbres, pero también con aptitudes y valores. Y desde allí estrechar manos y colaborar unos con otros.

La sociedad nació cuando nos dimos cuenta de que éramos individuos y que nuestra seguridad y supervivencia dependía del apoyo mutuo. Esto en un pequeño clan nómada o tribu; y después en un colectivo más complejo con diversificación de ocupaciones y funciones.

Debemos nuestra supervivencia como especie al apoyo mutuo. ¡Veámoslo claro!

Si nuestros ancestros, en los albores de la razón, no se hubieran asociado en pro del bien común no podríamos haber sobrevivido a los leones, leopardos, tigres, lobos, cocodrilos, osos, etc. Uno a uno habrían caído en sus fauces predadoras por no poder resistirse a su acecho. Sólo encarando en grupo la amenaza, el predador podía desistir de su tentativa y buscarse otra presa. Y esto es sólo un ejemplo; esto se aplicaba y aplica a tantas y tantas facetas que se me hace muy difícil pensar que se ignora en lo común.

Hoy en día disponemos de un poder creador y destructor como nunca y ya no tenemos depredadores de quienes defendernos. Así que nos separamos en la creencia de que el Gran Ego puede darse al margen de los demás. De que ya no necesitamos a los demás. ¡Qué gran ceguera! Para que esto fuera así tendríamos que ser plenamente autosuficientes y esto es imposible, o creer que todos están a mi servicio para alabanza y regocijo de mi gran yo. Esto sí es posible. Esto me da el derecho de intentar, al menos, explotar a los demás si se dejan y encuentro el cómo. Pero me hace solitario, aislado, reparado y temeroso de que vuelvan en mi contra; así me hago paranoico. Y todo redunda en separación y conflicto proyectándolo de la esfera individual a la familiar, social, nacional e internacional. Incluso inventamos extraterrestres invasores a quienes combatir en nuestra ficción y que sólo desean invadirnos, esclavizarnos o eliminarnos para quedarse en nuestro mundo.

Es curioso como el individualismo centrado en el ego impera; y el espíritu gregario se da aglutinándonos como uno rebaños dispuestos a ir al matadero o a lanzarnos homicidamente contra otros demonizados.

¿En esto ha quedado el sentir del apoyo mutuo que nos posibilitó evolucionar y alcanzar el título de humanidad?

Sí, estamos programados mental y genéticamente para disgregarnos y competir unos con otros, pero no por nuestro bien, sino por un provecho parasitario de una magnitud difícil de comprender por lo común. Algo (en abstracto) se nutre de nuestras emociones de conflicto con nosotros mismos y con los demás. ¡Y cómo nos ordeña el muy cabrón! Pero este programa no es natural en nosotros. Se ha producido, ha surgido, ocupa el ámbito de lo mental. Podemos abandonarnos en la inercia y cumplir con él; o hacernos conscientes y tratar de hacerlo inoperante con la esperanza de que desaparezca y sucumba por inanición.

Hay que vernos y sentirnos siendo, hay que darse cuenta de que no somos rutinas e inercias a merced de estas misteriosas fuerzas. Que tenemos un potencial y nuestro deseo y necesidad es encauzarlo y manifestarlo en el bien de todos.

Hay que sentir que es el reconocimiento, el aprecio y el servicio de unos a otros lo que nos reúne y hace fuertes y así se genera una expectativa de futuro en nosotros y nuestras generaciones venideras. De otro modo, más nos valdría castrarnos para evitar que nuestros posibles descendientes sigan perpetuando el conflicto.

Sí. Sintamos que andar en pos de ser, del afecto y del servicio es el eje fundamental que nos da sentido en lo individual y colectivo; démonos cuenta que el tener y competir nos arrastra a la desesperación y al aislamiento, al temor.

Démonos cuenta con la imaginación lo que podría ser en la sociedad y en el mundo fundamentar nuestras relaciones en la compasión, el aprecio, reconocimiento y el mutuo servicio de unos a otros para facilitar nuestra vida. No se evitarían conflictos, o incomprensión, pero todos sentiríamos que, aún en conflicto de intereses, todos aspiramos y tenemos el derecho de alcanzar la felicidad, y desde este punto de vista (la compasión) podemos resolver diferencias con el mínimo sufrir posible. Somos interdependientes, nos necesitamos unos a otros. Yo recibo y vivo gracias a los servicios de los demás y contribuyo con mi servicio. Y todo por el bien común, siendo yo un elemento significativo del todo. Soy todo y todo soy. Me fundo con la humanidad y la siento como naturaleza diluyendo mis límites y experimento mi ser con ese potencial que solo puedo exteriorizar y realizar con los demás, en servicio hacia los demás.

Así nos congregamos al amor del fuego del consejo, alumbrados y calentados por su vivo resplandor y calor. Y juntos agradecemos nuestra existencia en este mundo y en este tiempo soñando algo cada vez más armonioso y pleno para nuestras próximas generaciones.

Ahora siento gratitud, esperanza y amor a todo y todos.

Un gran abrazo. Ernesto.

Barcelona a 19 de octubre de 2008.

1 comentario:

  1. A veces, el recuerdo de experiencias que seguramente no he vivido en esta vida se me hace presente. Yo creo en la revolución, en la llamada de la conciencia. Gracias por tus palabras

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